LA SEMANA SANTA DE MÁLAGA EN LOS LIBROS DE VIAJES- II

Continuemos nuestro viaje. Llegamos al siglo XIX, cuando el viajero ilustrado de la centuria anterior deja paso al viajero romántico. El viaje comenzaba a entenderse más como una experiencia para el ánimo y el alma que como un ejercicio para el intelecto, más como una satisfacción personal que como una actividad destinada a reportar un beneficio a la sociedad por los conocimientos acumulados. Así, se exaltaba la sensibilidad, empleando un lenguaje más estético y espiritual.

Ejemplo de ello lo constituye la viajera francesa J.E. de Brinckmann (apellidada de soltera Dupont-Delporte), con quien haremos una nueva parada. Escribió Promenades en Espagne pendant les années 1849 et 1850, editado en París en 1852. Mme. Brinckmann viajó sola por España, aunque contó con escolta militar en el camino hasta Málaga, y quedó prendada del paisaje malagueño. Decía del mismo: Me sentía transportada a un país encantado.

Promenades

Se desconoce la fecha exacta en la que llegó a la ciudad, aunque sabemos que salió de Ronda el 27 de marzo de 1850, Miércoles Santo. Después de ensalzar la fundición de Heredia y la fábrica textil de Larios, las cuales ocupaban un gran número de trabajadores, procede a describir una procesión que presencia. En esta descripción se constata el cambio que se estaba iniciando en nuestra Semana Santa, propiciado por la integración de la burguesía en las cofradías, y que tenía su reflejo más evidente en el cortejo procesional. Ayer vi la de una Virgen muy milagrosa… con velas en la mano, penitentes de ambos sexos, entonando diversos cantos; después, música militar y piquetes de caballería; clero, con deslumbrantes vestiduras y, finalmente, una imagen de tamaño natural de pie en un pedestal llevado por ocho hombres. Ella iba vestida con una túnica y un manto de terciopelo negro bordado en plata, era Sábado Santo…llora por su hijo, con un grupo de ángeles a sus pies. Detrás de ella, las autoridades civiles y militares, luego un regimiento de infantería.

Es curioso que la autora afirma que presenció esta procesión un Sábado Santo. De la Semana Santa de este año de 1850 he podido localizar una crónica general en la edición madrileña del diario La España (06/04/1850). En ella se indican las diversas procesiones de aquella Semana Santa y no se refiere a ninguna el Sábado Santo. Las dos últimas fueron la procesión de la Soledad de Santo Domingo, que salió a las siete de la noche del Viernes, y como siempre ha sido la más notable, por su numeroso acompañamiento; y la de la Virgen de los Dolores, desde la iglesia de San Pablo hasta la iglesia de la Trinidad. Este último cortejo aparece descrito en prensa malagueña de 1851 y, desde luego, no tenía la magnificencia del primero.

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“Procession in church” [Castile and Andalusia. Louisa Mary Anne Tenison (1853)]

Por ello, atendiendo a la descripción que realiza Mme. Brinckmann, puede deducirse que la viajera presenció la procesión de la Soledad de Santo Domingo en ese año de 1850. El referido diario señaló respecto a la misma: Pasaban de quinientos los cirios de cera negra que ardían en ella, además de los numerosos grandes hachones. Una banda de música, la del regimiento de Navarra, y una Capilla escogida, iban tocando, aquella marchas y piezas fúnebres, y entonando la segunda cánticos sagrados. Detrás de la parroquia iba el Excmo. Ayuntamiento y cerraba la procesión una grande escolta de infantería y caballería.

En este siglo XIX hagamos una breve parada junto al francés Charles Monselet (1825-1888). Periodista, novelista, poeta y dramaturgo, especializado en novelas cómicas y románticas, lo cual se percibe claramente en su libro de viaje De Montmartre à Seville, editado en París en 1865. De España solo visitó Cádiz, Sevilla y Málaga; dedicando a nuestra ciudad unos ripios sobre la mantilla, aludiendo a los ojos ardientes, el abanico y a dos hermosas hermanas que conoció. Es evidente que el señor Monselet tenía una única perspectiva.

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Llegamos al siglo XX. El inglés J. Enoch Thompson (1846-1932) fue un político, diplomático, escritor y hombre de negocios que desarrolló la mayor parte de su actividad en Toronto; llegando a ser caballero de la Orden de Isabel la Católica, caballero de la Orden de Carlos III y cónsul de España en aquella ciudad. De uno de sus viajes a nuestro país surgió Seven weeks in Sunny Spain, editado en Toronto en 1923. Estuvo en Málaga en 1921, desde el 21 hasta el 30 de marzo, coincidiendo con la Semana Santa.

Escribió que tras la Cuaresma se celebran procesiones religiosas por toda España, destacando las de Sevilla y Málaga. Las de Sevilla han sido consideradas los mejores, pero las celebradas en Málaga pondrán a esta última ciudad en la parte delantera, lo que es reclamado por sus ciudadanos. Destaca las ropas preciosas bordadas en oro con largas colas que barren las calles polvorientas, y las grandes velas de seis pies de largo dejando caer una gran cantidad de cera en los portadores u otras personas cercanas...llevan una campana con la que se dan señales de un lado a otro por la larga fila. Describe a los tronos (floats-carrozas) como moles doradas, algunos iluminados con velas, otros por la luz eléctrica de una batería.

Concretamente, hace mención a la procesión de la Exaltación, el Martes Santo: consistió en tres figuras, Cristo en la Cruz, atada con cuerdas por dos hombres y no elevada aún.  Al sonido de la campana, la procesión se detiene, los 60 hombres que llevan el trono bajan los soportes y descansan. Tronos que ve grandes y pesados. El siguiente que siguió fue una figura de tamaño natural de la Virgen María sobre un trono dorado, con vestido de terciopelo ricamente bordado de terciopelo, adornada de oro y joyas. Se trataba de la imagen de Nuestra Señora del Mayor Dolor, sobre el trono dorado que tallara Antonio Barrabino.

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Ntra. Sra. del Mayor Dolor (1922) [Foto:@nosoloalameda]

Destaca un hecho que se produjo cuando un trono se detuvo en un puente. Un niño, que estaba junto a otros dos, se puso de rodillas con las manos extendidas, sujetando una gorra harapienta, y comenzó a cantar con una voz clara y dulce dos versos. Todo el mundo se quedó completamente inmóvil, con la cabeza descubierta y se inclinó hasta que el pequeño terminó.

Señala con cierta nostalgia cómo en un viaje anterior a Málaga, unos veinte años atrás, el Jueves y Viernes Santo todas las tiendas y establecimientos cerraban; los hombres vestían de negro y las damas llevaban altas peinetas y mantillas; y todos los barcos del puerto, edificios oficiales y consulados bajaban las banderas a media asta. Incluso, señala que preguntó entonces ingenuamente quien había muerto, dándose cuenta inmediatamente de su error. Ahora es diferente. Muy pocas banderas y solo el consulado belga y británico tengo noticias de que las pongan a media asta. Algunas de las pequeñas tiendas están abiertas el Viernes Santo, y ver a mujeres vestidas con algún color ya no es tan poco común en los Oficios de la Catedral. 

Menos nostálgico se nos presenta con quien finalizamos este viaje. El alemán Hugo Leube escribió a sus veintitrés años Málaga, los malagueños y sus costumbres vistos por un alemán; editado en Málaga en 1926. No se trata propiamente de un libro de viajes, ya que es un ensayo producto de su estancia en nuestra ciudad, a la que llegó para incorporarse a un importante puesto en la compañía minero-metalúrgica Los Guindos. Según el propio autor, cantó las bellezas de Málaga tratando de huir de la perniciosa idea de lo pintoresco. Dijo que para juzgar a un pueblo es preciso conocer su idioma en lo más íntimo, vivir entre él, sentir con él, como si fuera uno de los suyos. Llegó a Málaga en el mes de febrero de 1924 y así vivió el Jueves Santo de ese año: Yo me encontraba en un balcón de la calle Larios, en la casa de una distinguida familia que me honraba con su amistad…Retumban sonoros los redobles de los tambores. Una sección de caballería despeja la muchedumbre, que en miles y miles de personas se agolpa en las aceras y calles confluentes. Como una doble sierpe de oro rodean la Alameda los primeros cirios de la procesión. Lento, majestuoso, avanza el cortejo de penitentes..

Ya desfilan los nazarenos que envueltos en sus albos capisayos parecen una fantasmal aparición. Uno de ellos, en el centro de la calle, lleva un místico pendón…En toda la amplitud de la calle se apagan las luces y solo brillan las de los cirios, que lucen mortecinos como fuegos fatuos. El murmullo de la multitud parece una oración en la que las gentes gimieran piedad. En un ramillete deslumbrante de luminarias surge un paso. Entre luz y flores llega Nuestro Padre Jesús de la Sangre. Es la imagen del Divino Redentor de un enorme realismo y expresión. Su faz es pálida, contraída por el dolor y surcada de sangre y lágrimas…Oigo rezar a las muchachas y, con místico embeleso, sus ojos perdidos y absortos fijos están en el paso que se aleja…

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Stmo. Cristo de la Sangre (1924) [Foto: Archivo de la Archicofradía de la Sangre]

Archicofradía de la Sangre que estrenaba ese año el trono de Luis de Vicente. El Jueves Santo de 1924 llegaba a su fin, y como un perfume, los rezos auguran la llegada de la Virgen de la Esperanza. Entre un tapiz de flores policromado viene la imagen bella, dulce y buena. Una voz rompe el silencio. Una voz dura y recia, de varonil resonancia, entona una saeta…Y a dúo, a una timbrada en plata de juventud sigue la de una garrida chiquilla de la más humilde clase popular. Desgarra la noche aquel ¡ay tan tierno, tan desesperado…un tropel de mujeres en fervorosos éxtasis sigue a la imagen. Pálidas y enlutadas musitan las plegarias ardientes de sus corazones de fuego. Niñas y ancianas, descalzas y dolientes, sus pies desgarrados, siguen la procesión. Fe grandiosa y divino amor es: ¡¡¡la Semana Santa de Málaga!!!

Concluía diciendo que era necesario, en el propio y principal interés de Málaga misma, hacer una grande y activa propaganda, completamente a la moderna, no temiendo a los gastos correspondientes, los cuales indiscutiblemente serían sobradamente compensados por la afluencia de turistas, que invadirían la población durante sus grandiosas fiestas religiosas.

La Semana Santa de Málaga se había transformado, como el propio concepto de viajero.

[Imagen de portada: Puerta de las Cadenas, 1840 (El Guadalhorce)]

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