¿Era oro todo lo que relucía?

La respuesta es no. En la época dorada de nuestra Semana Santa, en la época en la que se fundó la Agrupación de Cofradías, las suntuosas procesiones tenían aspectos negativos. No todo era perfecto.

Principalmente, al terminar la década de los años veinte del pasado siglo, con un clima político bastante enrarecido y tenso, las cofradías estaban bajo permanente sospecha y eran objeto de crítica desde la izquierda; era evidente la identificación que existía entre el mundo cofrade y los sectores conservadores.

Pese a que en la mencionada década se había mejorado sobremanera en organización y decoro en los desfiles procesionales, seguían produciéndose hechos que en nada beneficiaban la imagen de las cofradías, constituyendo una fuente inagotable para los sectores críticos. El lugar donde solían producirse los desmanes era la plaza de la Merced. Después de horas de recorrido, algunos nazarenos y hombres de trono aprovechaban para hacer alguna visita a los quioscos o a la taberna de turno, quizá a la regentada por el señor Moreno en el número veinte de la misma plaza. Normalmente no volvían.

Desmanes que no eran una novedad en nuestra Semana Santa, produciéndose ya en el siglo XVII; hasta tal punto que el obispo dominico Fray Alonso de Santo Tomás se vió obligado a regular las procesiones, dedicándole un capítulo completo en las Constituciones Sinodales de 1671. Así, decía Fray Alonso: “(…) somos informados que en las procesiones que algunas cofradías hacen en la Semana Santa…algunos perversos hombres que salen en ellas, olvidados de las obligaciones de cristianos, con el traje que visten de penitentes, debiendo servirles de mortificación, escandalizan al pueblo, así con la profanidad de las túnicas, como con la inmodestia e irreverencia con que proceden y van en dichas procesiones. Y lo que peor es, que después andan por las calles haciendo insultos y deshonestidades con el disfraz de las túnicas (…)”. A ello se unía la costumbre extendida de contratar a quienes se vistieran de nazarenos para que se dieran a la pública penitencia y llevaran la cera, quienes sin devoción alguna daban muestras de un comportamiento reprobable.

Costumbre de los nazarenos a sueldo que, según la prensa de izquierdas, se daba también en la época dorada del procesionismo malagueño; en los diarios monárquicos simplemente se silenciaba.  Pero, este hecho era cierto, pudiéndose afirmar que existían “jornaleros de la vela”. Sin embargo, también es cierto que por la prensa referida se generalizaba, abarcando todas las cofradías y todos los nazarenos que intervenían en las procesiones; con ello se pretendía desmerecerlas y desvirtuarlas, además de atacar a la Iglesia. En el periódico anticlerical Rebelión ( y su sucesor Rebeldías) se intentaba transmitir que si no fuese por el jornal, no habría nazarenos en las procesiones; se daba por hecho que la clase obrera, que representaba por aquellos años más del 85% de la población malagueña, era atea.

rebelión

No se tenía en cuenta el hecho de que las grandes cofradías tenían su sede en barrios marginales de la ciudad; ni la devoción que sus habitantes profesaban a aquellas imágenes; ni que las calles se atestaban de malagueños para verlas procesionar en Semana Santa (no solo la burguesía). Tampoco se tenía en cuenta la existencia de algunas hermandades humildes, de las que no formaban parte personas importantes de la sociedad malagueña, ni se habían postulado políticamente con sector alguno.

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Encierro de la Expiración (Semana Santa de 1931) [Foto: Archivo de la Archivofradía]

A pesar de todo ello, la izquierda, los sectores republicanos y obreristas lo tenían claro, había que resaltar los aspectos más negativos, que los había, de las cofradías y de las manifestaciones religiosas.

En la novela Ha llegado el día (1932), Alberto Insúa transmite esa idea, escribe esta conversación entre dos de sus personajes durante la Semana Santa de 1931 (Jorge y Andrés, pescador de Calahonda):

     “- Tengo unas ganas, una jambre de justicia…Ya habrá visto el seño esta vergüensa de las procesione…Tanto dinero tirao, tanto dinero quemao…

      – Hombre, y no sé que decirle…Ustedes, los trabajadores ganan alguno.

     – Una miseria por cargar los trono, por llevar los sirio…Pero nosotros, los trabajaore, nos reímo de to esto; estamos asqueao de to esto…Y si nos vestimo de nasareno es sensillamente por el jorná…Yo he salío dos años con la Esperansa, la de Mena…Pero…¡se acabó! He meditao. Habría que juntá aquí mismo, en la prasa de la Mersé, a toas las imágenes en un montón, meter dentro a toos los canónigo, a los cura y al obispo y a toos los señorone, y poné ensima a don Serafín Benite, y a luego unas latas de petróleo, un serillo y…¡ja,ja! Me río solo de pensarlo…”

Alberto Insúa, quien sería gobernador civil de la Málaga republicana en 1935, no se refirió a dos de las cofradías de mayor importancia por casualidad.

No era oro todo lo que relucía, en ninguna época lo ha sido. Siempre ha habido defectos y fallos; la diferencia, el uso que se hizo de los mismos en aquellos años y el alto precio que se pagó.

 

Fuentes: CLAVIJO GARCÍA, A.,Semana Santa en Málaga (Tomo III) . Ed. Arguval, 1987/FERNÁNDEZ BASURTE, F., La procesión de Semana Santa en la Málaga del s. XVII. Universidad de Málaga, 1998 / VELASCO GÓMEZ, J. La Segunda República en Málaga (1931-1936).Ed. Ágora, 2008.

[Foto de portada: La Esperanza por la Alameda, Revista La Saeta]

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