EL SECRETO DE LAS COFRADÍAS

Las cofradías a lo largo de la historia han pasado por multitud de adversidades; en Málaga se puede decir que éstas han sido una constante, y en algunas ocasiones de tal magnitud que han provocado el tener que renacer una y otra vez.  Por ello, en vísperas de un nuevo Domingo de Ramos, estos “Recuerdos Nazarenos” quiero que sean para los cofrades malagueños.

Cofrades que desde finales del siglo XV, en una ciudad recién conquistada y de la mano de las órdenes religiosas, fundaron las primeras cofradías. Aquellos que, desde su sede conventual extramuros, hacían estación de penitencia en cada una de las cuatro parroquias; y los que escenificaban la pasión de Cristo en la plaza de las Cuatro Calles, cumpliendo con una necesaria labor evangelizadora. Los que pedían ser enterrados por sus hermanos en capillas bajo las imágenes a las que rendían culto y sentían devoción; y los que los asistían en sus últimas horas.

Cofrades que durante el siglo XVIII fomentaban la práctica devocional del Santo Rosario, como aquel llamado de “los Tiñosos”, rogando por la cura de esa enfermedad. Los cofrades que, a principios del siglo XIX, sufrieron el expolio por las tropas francesas cuando ocuparon la ciudad, siendo saqueados los templos y desapareciendo el escaso patrimonio con el que contaban. Los mismos que, años más tarde, se vieron obligados a dejar los conventos donde tenían su sede y apoyo a causa de la política desamortizadora, suponiendo en muchos casos la extinción de sus cofradías.

Aquellos cofrades que, a principios del siglo pasado, procesionaban a sus titulares a pesar de la escasez de medios y de las constantes turbulencias políticas. Cofrades malagueños que en el mes de enero de 1921, en la iglesia de la Merced, decidieron unirse para que nuestra Semana Santa fuese única y suntuosa; los mismos que sufrieron al ver que todo quedaba reducido a cenizas por la sinrazón. Cofrades que durante la contienda civil escondieron a las imágenes en sus casas, a sabiendas de que ello les podía costar la vida; y los que la perdieron por su condición.

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Cofrades que en el renacer de la Semana Santa procesionaban a sus titulares en modestos tronos de flores, supliendo la riqueza de la ornamentación barroca con grandes dosis de ingenio y de cariño; aquellos que, cuando se les requirió como para la Santa Misión, acudieron al no olvidar la eterna labor evangelizadora.

Recordar igualmente a los cofrades que no dudaron en arrimar sus hombros a los varales, superando el problema de los hombres de trono y acabando con lo profesionalización. A los que sufrieron la grave crisis de nuestra Semana Santa en los años sesenta, defendiendo las tradiciones de nuestro pueblo y haciéndolas compatibles con las directrices marcadas por el Concilio Vaticano II.  A los que en plena transición política supieron cual era el lugar que debían ocupar las cofradías, separándose con mucho esfuerzo de las inevitables connotaciones políticas, y consiguiendo su propia democratización como exigían los más jóvenes.

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Recuerdo para los que en la década de los ochenta creyeron que otra forma distinta de hacer las cosas no sólo era posible sino también necesaria, produciéndose una importante revitalización. Cofrades que, a causa de desafortunados accidentes, perdieron las imágenes que sus antecesores habían conseguido salvar, como una trágica jugarreta del destino, pero que sirvió para mostrar la gran virtud de la solidaridad. A los cofrades que con su tesón consiguieron que la Catedral se abriera a todas las cofradías después de un largo paréntesis, cuando sus puertas solo eran traspasadas por Pasión y Viñeros; y recuerdo para los que trabajaban sin descanso en aquellos tinglaos situados en plena calle con la ilusión, que se vio cumplida o se cumplirá, de una casa de hermandad.

Cofrades que empezaron el nuevo siglo demostrando que las cofradías malagueñas seguían estando cuando se las requería, siendo inolvidable aquella noche del mes de marzo del año 2000.

Recuerdo para las mujeres que a lo largo de la historia, desde que las dejaron, han demostrado que el ser buen cofrade no es una cuestión de sexo sino de personas. Y por último, recordar a los que ahora se preparan para una nueva Semana Santa y que han heredado este importante legado, cuidándolo para dejarlo a las generaciones futuras.

Todos ellos, con las propias circunstancias de cada época, pero en el mismo lugar, nos han revelado el secreto de nuestras cofradías, el secreto para que a lo largo de más de cinco siglos los cofrades hayan podido superar tantas dificultades sin rendirse: su fe.

(Artículo publicado en el diario La Opinión de Málaga el 23 de marzo de 2013)

Fuentes fotográficas: Revista La Saeta.

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